domingo, 14 de octubre de 2018

Vuelo rasante nocturno...





"Justo cuando se acercaba a K22 desde el Oeste, con la proa apuntada hacia el mar, vio al frente a la brillante Lira y, luego sobre la misma raya del horizonte, goteando agua sobre sus alas de águila apareció Altair. Saludo militarmente"
James A. Michener, Espacio.


Son las seis de la madrugada. Aún es de noche y quedan dos horas largas hasta el amanecer. La temperatura es fresca y agradable. Llego al garaje. Un vistazo rápido, alrededor de mi nave, cual piloto de combate, antes de iniciar el vuelo. Subo al aparato y tras fijar el ligero equipaje que me acompaña, arranco el corazón de mi querida bestia, que con su rugir profundo y elegante, me da los buenos días.
 No es que sea demasiado creyente, pero como me da que el "barbas", esta ahí, le ruego con una oración, que me guíe y proteja durante la travesía...

"Señor, dame mano firme, mirada vigilante
y mecánica fiable, para ir y volver sano y salvo,
a y desde mi destino."


 Carreteo entre calles vacías que me llevan hacia las afueras de la ciudad. Cuando salgo a la autovía, como pista de despegue acelero con suavidad a Hidalgo y tan pronto estoy a velocidad  legal, conecto el control de crucero, tras sincronizarlo con el GPS y me dejo llevar hacia mi destino.
 Todo es silencio, todo es paz. Solo el sonido de los neumáticos rodando sobre el asfalto oscuro, me acompañan. Los faros con su luz tenue y potente a la vez me iluminan el trazo negro de ancho pincel, que es la autovía.
 Cuando ya llevo un trecho y he dejado atras los ultimos pueblos de la metrópoli, me encuentro solo en el camino. Aumento un poco la velocidad y en un rápido vistazo veo un cielo lleno de estrellas. Abro el techo electrico y me veo galopando bajo la vía láctea. En ese momento, aun rodeado de tecnología y potencia me siento terriblemente  solo a despecho del universo. Y en paz con todo cuanto me rodea. Y es cuando pienso, lo insignificantes que somos y lo absurdamente poderosos que nos creemos. Viviendo como si tuviéramos control sobre todo, gracias a la tecnología que nos rodea, cuando la realidad es exactamente, al revés. Allí estamos, Hidalgo y yo, bajo millones de estrellas, que me recuerdan que el camino es como la existencia: oscura, complicada, pero llena de puntitos brillantes como estrellas, que nos acompañan por una autovía, trazada por algún Dios, inteligencia superior o azar cósmico. Y que no podemos variar su trazado ni con mil inteligencias mas que inventaramos. Seguimos el camino. Me siento terriblemente en paz. Al poco tiempo por el retrovisor, veo que la luz tenue del amanecer me indica que la galopada bajo las estrellas va a terminar. Un vistazo rápido a una estrella, que me mira a millones de años luz; la saludo y le doy las gracias por acompañarnos y haberme hecho pasar un rato maravilloso.
 Medio día después, regreso a casa. Al cerrar el contacto, el corte seco y preciso de la inyección hace sumir en un profundo sueño, a mi bólido, a la espera de otra galopada. Recojo mi ligero equipaje. Entre las sombras del "hangar", veo a un señor con barbas junto a otros dos señores, uno mas alto y fornido que el otro. El mas alto lleva un cigarrillo con filtro cogido peculiarmente bajo el labio. El mas bajo, lleva un celtas cortos junto a la comisura del mismo. Los tres llevan monos de mecánicos de color azul, llenos de grasa. El mas alto es mi Padre y el mas bajito, mi Abuelo. Desde hace años, son los que siguen ejerciendo de mecánicos desde el cielo, cuando surco por esas carreteras del Señor. Al de las barbas, se quien es, pero aun, no lo conozco. Les doy las gracias con el gesto de pulgar arriba. Me sonríen y me lo devuelven. En la calle el cielo, vuelve a estar lleno de estrellas.





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