martes, 13 de agosto de 2019

Mercado de Jerusalem.



He vuelto al mercado. Y por un momento he regresado a una infancia muy lejana. De cuando alguna mañana y tras el preceptivo desayuno, pesadilla de cualquier nutricionista de hoy en día, consistente en nesquick y galletas marías, me lavabas la cara, me vestías y me llevabas contigo al mercado (al mercadito, decías tu) de Jerusalem. Lo primero que veía era la palmera enorme que había en una de las entradas al mismo. Y el olor a verduras frescas recien traidas de la huerta. Aquellas hortalizas, si que eran ecológicas...pero por su tamaño parecían haber sido tratadas con átomos. Luego una calle mas adelante y a mano izquierda, estaba la "sección" de embutidos y salazones, que metros antes se anunciaba con sus excelsos aromas. Los comprabas, recuerdo, en un puesto, que básicamente era un carromato de madera donde los tenderos mostraban sus exquisitos productos. Ay, los tenderos...recuerdo que todos ellos, eran gentes de mirada amable y que se preocupaban de su parroquia como clientes y no consumidores. Recuerdo que luego vienen las pescaderías, con sus pescados reposando sobre hielo. Merluza, emperador frescos, fresquisimos y que hoy en dia seria cárcel, por como estaban expuestos y conservados..pero que ricos estaban. Cuando comprabas anguilas, pues hacías el all y pebre, como los ángeles, el pescadero de El palmar me regalaba una pequeña anguilita, con la que jugaba, hasta que....Bueno, sigamos por el mercado que no quiero entristecerme. Luego venían los puestos de la carne, con aquellas longanizas tamaño xxl y que tenían una fragancia digna de reyes. Al final del recorrido llegaba el premio: el horno de leña. Jamas he comido pan mas autentico que aquel. Y aquellos borreguitos, que con aceite y sal, sabían a gloria. Y el olor a leña, que junto a los aromas de los guisos que llevaban las mujeres para su cocción, creaban un aroma digno de dioses. Luego a casa. Tu ha hacer la comida y yo a jugar con la anguila mientras me comía el borreguito con aceite y sal.
 Ya no queda nada de aquello, Abuela Pepa. Hasta la panadería es ahora una tienda de moviles de segunda mano...Ni hay tenderos amables en la calle, ni hortalizas XXL. Pero bueno, siempre queda el recuerdo.
 Gracias por todo Abuela. Creo que he heredado de ti, la forma de hablar clara y firme. Y con la perspectiva del tiempo, creo que casi siempre tenias la razón. Esto ha cambiado mucho. Pero lo que no se me olvida son todos estos recuerdos y los que os quiero a ti y al abuelo.
Besos de Pepito.

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